Órganos y funciones del aparato digestivo

El tubo digestivo, llamado también conducto alimenticio empieza en el orificio bucal y se extiende hasta el ano.

Su longitud, en el hombre, es considerada por los anatomistas de unos 10 metros, y representa ordinariamente seis veces la longitud total del cuerpo.

Tiene su origen en la cara, desciende luego por el cuello, atraviesa el tórax y el abdomen y se abre, finalmente, en la superficie exterior, un poco por debajo del cóccix.

Para su descripción se divide, generalmente, en siete partes o segmentos fundamentales: boca, faringe, esófago, estómago, intestino, colon y recto.

Con ellos está estrechamente relacionados, sobre todo desde el punto de vista fisiológico de la digestión, dos importantísimos órganos glandulares: el hígado y el páncreas.

La boca

La boca

Es una cavidad irregular en la que se verifican las funciones de la masticación e insalivación.

Contiene, asimismo, los aparatos terminales del sentido del gusto y participa en el proceso de fonación, contribuyendo a las modificaciones del sonido faríngeo de las que resulta la voz articulada.

Las arcadas dentales dividen la boca en dos partes: una anterior, situada entre los dientes y los labios y las mejillas, llamada vestíbulo, y otra, en la zona interior de las citadas arcadas, que es la boca propiamente dicha.

Las paredes de la boca están formadas por las mejillas, los labios, el paladar, el suelo (sobre el que se apoya la lengua) y la úvula o campanilla.

La lengua es un órgano muscular dotado de gran movilidad que constituye no sólo el elemento esencial para la percepción gustativa sino que interviene, en forma directa, en los movimientos de masticación, deglución, succión y emisión de sonidos articulados.

Los músculos que la forman son muy numerosos y de gran complejidad para poder realizar su delicadísimo y múltiple mecanismo funcional, además, es muy rica en nervios y vasos sanguíneos, de ahí su gran sensibilidad y la aparición de intensos fenómenos hemorrágicos cuando se le produce alguna herida.

Anexos muy importantes de la boca son algunos órganos glandulares, como la parótida y las glándulas salivales que, pese a hallarse en zonas externas a la cavidad oral propiamente dicha, están dotados de terminaciones canaliformes que se abren en distintas partes de la boca, por las que desemboca el producto de su actividad secretoria, es decir la saliva.

La faringe

La faringe

Segundo segmento del tubo digestivo, es un conducto musculomembranoso que permite el paso a la vez, pero nunca simultáneamente, del bolo alimenticio y del aire de la respiración.

Se inicia inmediatamente detrás de la úvula y termina, en su parte inferior en contacto directo con el esófago y la tráquea.

Tiene una longitud de 12 a 13 cm y está situado en el cuello, en la parte anterior de la columna cervical.

Su naturaleza muscular es muy compleja (está formada por unos 10 pequeños músculos) que tienen la función de elevar y estrechar el órgano para permitir que el bolo alimenticio la recorra en dirección al esófago.

El esófago

Tránsito del bolo alimenticio a través del esófago

Es, asimismo, un conducto tubular musculomembranoso, de una longitud sensiblemente mayor que la del anterior (mide, aproximadamente, 25 cm) y tiene la función de llevar el bolo ingerido por la faringe hasta el estómago, donde desemboca.

Le corresponde por lo tanto, la tercera fase del mecanismo de deglución, iniciado en la boca por el movimiento de retroimpulsión de la lengua, continuado por las subsiguientes contracciones de la faringe, que se completa por el pasaje por el esófago.

En su trayecto el esófago atraviesa, sucesivamente, la parte inferior del cuello, la totalidad del tórax y, cruzado el diafragma, penetra en el abdomen donde desemboca en el estómago.

El estómago

estomago digestivo
Funciones del estómago

Es uno de los segmentos más importantes del aparato digestivo y tiene la forma de un amplio saco hinchado.

Se encuentra en la parte superior de la cavidad abdominal, inmediatamente debajo del diafragma, en estrecho contacto con el hígado, situado a su derecha y el bazo, colocado a su izquierda.

Hemos de hacer un inciso recordando que el diafragma es un músculo muy desarrollado que separa la cavidad torácica de la abdominal, de esta posición deriva su nombre.

Su mayor importancia fisiológica es la de tomar una parte muy activa en los movimientos respiratorios.

Hemos dicho que el estómago, por su forma, recuerda un saco hinchado, pero su configuración está sujeta a variaciones, más o menos profundas, según el estado de plétora del mismo.

Sus paredes están formadas por estratos de tejido de distintos tipos de los que el intermedio tejido muscular es el que tiene preponderancia.

Con más exactitud que a un saco, la forma del estómago puede compararse a la de una gaita, en la que aparecen dos curvaturas, una menor y otra mayor, un fondo de aspecto cupuliforme y un estrechamiento final llamado píloro (del griego pilorós: guardián de la puerta).

La pared interna del estómago está recubierta por una mucosa, abundantemente provista de glándulas cuyos productos de secreción son fundamentales para los procesos digestivos, como expondremos en páginas sucesivas.

El intestino delgado

Intestino delgado

Se encuentra en inmediato contacto con el estómago y su primera porción es llamada duodeno.

Tiene la forma de una «C» mayúscula y se encuentra, casi en su totalidad, en la parte externa del saco peritoneal.

Continúa por un segmento al que los antiguos anatomistas llamaron «yeyuno», nombre debido a que en los cadáveres sometidos a autopsia se encuentra, normalmente, carente de residuos alimenticios.

A esta zona intestinal le sigue una tercera, llamada «ileón».

El intestino delgado es un conducto tubular más o menos aplanado si se encuentra vacío o cilíndrico cuando esta dilatado por los gases o las sustancias ingeridas.

Tiene una importancia fundamental en los procesos digestivos por ser la parte del aparato al que corresponden las funciones de reabsorción, con fines energéticos, de los alimentos ingeridos.

Además, es la parte más larga de todo el aparato (mide entre 6 y 10 metros).

Para poder ser contenido en una cavidad restringida, como es la abdominal, se repliega numerosas veces sobre sí mismo, como los hilos de un ovillo.

Anexo, posteriormente, un órgano de sostén, llamado « mesenterio», que se encuentra en toda la longitud del intestino.

Su superficie interna, donde se efectúan los procesos digestivos, está recubierta por una mucosa, muy rica en glándulas y forma una numerosísima serie de pequeñas protuberancias «en dedo de guante» que tienen la misión de impedir, a lo largo de todo el intestino, el material alimenticio digerido.

El intestino grueso o colon

Intestino grueso

El intestino grueso mide aproximadamente, unos dos metros y se distingue del delgado, ante todo, por el mayor calibre de sus asas, por la presencia de estrechamientos muy pronunciados en toda su longitud, que toman el nombre latino de «haustras», y, por último, por la presencia, en toda su extensión, de tres cintillas longitudinales de tejido fibroso, llamadas «tæniacoli».

Se distinguen en él varias porciones que son las siguientes:

El ciego que recibe este nombre por estar cerrado en su parte inferior (termina, por lo tanto, en un fondo de saco); a él está unido un órgano rudimentario, de triste celebridad entre los profanos, el apéndice.

El colon ascendente, que desde el ciego sube a lo largo de la pared del abdomen hasta llegar debajo del hígado.

El colon transverso, al llegar al hígado el colon ascendente tuerce bruscamente hacia la izquierda y se sitúa horizontalmente a través del abdomen, ligeramente por encima del ombligo, llegando hasta el bazo.

Este segmento es, precisamente, el colon transverso.

El colon descendente; bajo el bazo se produce de nuevo un nuevo repliegue del intestino grueso que, con nombre de colon descendente, se dirige hacia abajo a lo largo de la pared izquierda del abdomen.

El recto

El recto

Es la porción terminal del intestino con la que, a través del ano, vuelve a tomar contacto directo con el exterior.

Ya hemos señalado la existencia de dos grandes órganos glandulares, estrechamente ligados en sus funciones a las del intestino, que resultan indispensables para el normal funcionamiento del organismo, a las que hay que hacer necesariamente referencia en un tratado sobre las enfermedades del tubo digestivo.

El hígado y el páncreas

Anatomía del Hígado y del páncreas

El hígado está situado en la parte superior de la cavidad abdominal, de la que ocupa la porción derecha, a la que los anatomistas llaman, también, hipocondrio derecho.

El hígado es una glándula que tiene funciones orgánicas muy complejas, cuyo total conocimiento no ha se ha logrado todavía.

Interviene con un papel muy importante en el metabolismo de las grasas, los azúcares, las proteínas y de casi todos los minerales indispensables para el funcionamiento de nuestro cuerpo.

Sus enzimas dirigen la totalidad de las reacciones químicas orgánicas y actúa como el depurador más importante, destruyendo las sustancias tóxicas y como depósito de las que interesa almacenar.

Una de sus funciones es la de producir la bilis, elemento indispensable para la perfecta marcha de los procesos digestivos.

Por otra parte, las enfermedades, médicas o quirúrgicas, que atañen al hígado y sus anexos, entre los que ocupa lugar destacado la vesícula biliar, son tantas y muy complejas.

Es distinto el caso del páncreas que aunque sea un órgano de acciones complejas y no clasificable fácilmente por sus líneas generales presenta una patología cuyas repercusiones van, todas, a cargo de las que se producen en el tubo digestivo.

La situación anatómica del páncreas no es fácil de desribir.

Se encuentra detrás del estómago, en posición horizontal, inmediatamente delante de la columna vertebral a la altura de la I y II vértebras lumbares.

En la zona situada a la derecha de la columna presenta un ensanchamiento, llamado cabeza del páncreas, mientras la porción central o cuerpo y la situada a la izquierda o cola, tienen forma ahusada.

La cola, a su izquierda acaba en estrecho contacto con el bazo.

La cabeza está situada en su totalidad, dentro de un asa de segunda porción del duodeno; esta asa es conocida con el nombre de C duodenal, de acuerdo con una terminologia puesta en uso por los radiólogos.

El páncreas está compuesto por diversas glándulas, estrechamente ligadas entre sí.

En parte tienen una acción secretora externa (las que fabrican los jugos pancreáticos con fines digestivos), en parte de secreción interna, que producen una hormona importantísima muy conocida: la insulina, cuya falta provoca la aparición de una enfermedad tan grave como la diabetes.

En los tratados de la antigua escuela médica salernitana puede leerse el siguiente aforismo: «Prima di gestio fit in ore» y, pocas veces, una aseveración antigua, basada sobre conceptos de un empirismo desconcertante, ha podido soportar la crítica de los siglos sin sufrir la menor modificación, como sucede con ésta.

La primera digestión se realiza en la boca.

Por un reflejo condicionado por la ingestión de alimentos, se produce la emisión de saliva, es decir, el producto de secreción de algunas glándulas situadas en su proximidad, como son las parótidas y las salivares.

La saliva es un líquido ligeramente ácido que, en condiciones normales, se produce en cantidades aproximadas a 1000-1500 cc en las 24 horas.

Contiene gases, sales y, sobre todo, determinadas enzimas, de las que tienen la mayor importancia, para las funciones digestivas, la «ptialina» y la «amilasa».

Sirve para amalgamar las sustancias alimenticias trituradas en el proceso de masticación con lo que se forma un producto pastoso, que se adapta por su volumen a la cavidad oral y recibe el nombre de «bolo».

Esta acción, que podemos calificar como de simplemente mecánica, no es la más importante de la saliva y no estaría para justificar la importancia del aforismo latino que hemos citado.

Durante el proceso de amalgamiento del bolo la saliva inicia, por acción de sus enzimas, el largo y delicado proceso de la digestión.

La ptialina, va en menor proporción, la amilasa, atacan la compleja molécula de los azúcares, ingeridos bajo la forma de féculas y las trasforman en moléculas más sencillas como las de maltosa, haciéndolas aptas para las sucesivas transformaciones gastrointestinales.

Otras sustancias alimenticias, especialmente las grasas y las proteínas, no sufren en la boca ninguna alteración química por acción de la saliva.

Ya hemos indicado que ni la faringe ni el esófago tienen acción directa en el mecanismo de la digestión; son órganos tubulares musculomembranosos cuya misión es la de contener y trasladar el bolo alimenticio desde la boca hasta el estómago.

Indicaremos, ahora, la acción de las secreciones digestivas de estómago: esencialmente, produce dos tipos de jugos: «ácido clorhídrico» y «pepsina», mediante la constante actividad de las numerosas glándulas situadas en la túnica mucosa que reviste su cavidad interna.

La existencia del ácido clorhídrico en el estómago, fue demostrada por primera vez en el año 1824 y, desde entonces, han sido incontables los estudios efectuados para determinar su importancia, en la digestión, las modalidades de la secreción, el origen de su escasez o abundancia: todas causas determinantes de un extenso grupo de enfermedades muy difundidas.

Indiscutiblemente, es el principal responsable del grado de acidez total del jugo gástrico, indispensable para el correcto equilibrio fisiológico de los procesos orgánicos.

Esta acidez sirve, por ejemplo, para provocar la coagulación de la leche y permitir que sobre ella puedan actuar los fermentos específicos.

La acidez del jugo gástrico tiene una influencia directa sobre las proteínas ingeridas que son transformadas en metaproteinas ácidas sobre las que puede actuar la pepsina, el producto de secreción de las paredes gástricas.

Esta constituye la molécula base de las proteínas, que convierte en apta para las sucesivas transformaciones que tendrán lugar en el intestino.

Resumen

El bolo alimenticio, empastado y fluidificado por la saliva en la boca, llega al estómago (donde recibe el nombre de «quimo») y se acidula; esta acidificación preludia y permite un segundo ciclo de transformaciones que ya no corresponden a los azúcares, como sucede en la cavidad oral, sino, en forma especial, a las proteínas; la otra parte de las sustancias alimenticias, es decir, las grasas, que hasta este momento no han tenido ninguna alteración, empieza a sufrir un proceso de emulsión.

Todo ello no se produce por un mecanismo estático, de contacto, sino que es potenciado por los activos movimientos de contracción y reposo alternantes que efectúan las paredes del estómago, por lo que la mezcla del quimo se efectúa en una forma verdaderamente admirable, hasta ser transformado en una papilla, de consistencia semifluida, netamente ácida, dispuesta a pasar la barrera del píloro y alcanzar el duodeno.

Cuando el quimo ácido ha adquirido la consistencia necesaria, el píloro se abre, a intervalos, y le da paso hacia el duodeno; este tercer tiempo del mecanismo de la digestión es bastante complejo y de una importancia extraordinaria.

Ya hemos indicado que en la primera porción del intestino delgado o duodeno, se abren dos pequeños canales que conducen dos tipos distintos de sustancias: la bilis y el jugo pancreático, cuya presencia en el intestino es un factor esencial para el proceso digestivo.

La llegada del quimo ácido, procedente del estómago al duodeno provoca la apertura de los esfínteres que cierran el orificio a través del que dichos canales comunican con la cavidad duodenal y permiten la entrada en ella de la bilis y del jugo pancreático en contacto con ellos, el quimo sufre una nueva transformación y se convierte en alcalino.

La bilis es una sustancia muy compleja y el significado fisiológico de muchos de sus componentes es, todavía desconocido aunque, dada su escasa concentración se les considera productos de desecho.

En la bilis tienen predominio las sales y los pigmentos biliares aunque también tiene mucha importancia su contenido en «colesterol» y «lecitina».

Las sales actúan sulubilizando las grasas alimenticias y los pigmentos, entre los que predomina la bilirrubina, además de ser los causantes de la coloración verdosa del líquido, representan un producto de eliminación de los residuos del complicadísimo mecanismo de destrucción de la hemoglobina, contenida en los glóbulos rojos de la sangre.

El jugo pancreático, a diferencia de la bilis, está compuesto por enzimas de señalada acción digestiva.

Son: la «tripsina», la «lipasa» y la «amilasa» (o «maltasa»).

La tripsina no es segregada bajo esta forma (y el motivo se explica fácilmente: en este caso, su acción digestiva se manifestaría sobre la fracción proteica de las glándulas pancreáticas que la producen) sino bajo la forma de tripsinógeno inactivo; al entrar en contacto con los jugos intestinales, se transforma en tripsina activa.

La tripsina tiene la misión de atacar la ya parcialmente escindida molécula de las proteínas (que ha tenido lugar bajo la acción de la pepsina gástrica), convirtiéndola en complejos mucho más reducidos conocidos con el nombre de «péptidos» a los que ya falta muy poco para ser conducidos a un estadio apropiado u absorción a través de la mucosa de las paredes intestinales.

La diastasa pancreática tiene una acción semejante, pero mucho más poderosa que la ptialina y la amilasa de la saliva; su campo de acción son los azúcares, que son reducidos a un estado que permite a absorción.

La lipasa actúa sobre las grasas; éstas escasamente digeridas antes de llegar al intestino, ha sufrido únicamente, en el estómago, un proceso de emulsión..

La emulsión es mucho más acentuada en el intestino por la presencia de las sales biliares a las que hemos hecho referencia; de esta forma, los lípidos en condiciones de ser atacados por la lipasa y llevados a un estado en que es posible su absorción.

De que resulta claro el sinergismo de acción entre la esta bilis y el jugo pancreático.

Es, por lo tanto, en el intestino delgado donde viene ampliado y completado el proceso de la digestión, que iniciado en la boca por la acción de la saliva, es continuado y movimientos peristálticos (es decir, de propulsión activa consiguiente a los períodos sucesivos de contracción y relajamiento de las paredes intestinales) sirven para distribuir todo el material digerido a través del enterdo canal intestinal y favorecer su absorción por contacto con sus mismas paredes; las sustancias ingeridas con fines energéticos son llevadas, por vía sanguínea, a todo el organismo y depositadas en los distintos sedes que actúan de almacén (especialmente hígado y músculos), de donde serán tomados cuando la actividad física lo haga necesario.

Sin embargo, el contenido intestinal, en el intestino delgado, no está destinado, exclusivamente, a fines energéticos; contiene enormes cantidades de agua y, sobre todo, gran proporción de residuos.

Sólo en la sucesiva porción del tubo digestivo, es decir, en el colon o intesino grueso, se hará la separación.

Al colon le corresponde la función de re-absorción del agua intestinal, necesaria para los procesos orgánicos; este hecho determinado del residuo a una progresiva concentración y solidificación material alimenticio, que queda reducido a los solos usos; se están formando así las heces, dispuestas a ser expulsadas al exterior a través del ano, gracias a un exacto mecanismo de apertura, regulado por la presencia de un anillo muscular de funcionamiento muy sensible, y, que recibe el nombre de esfínter anal.

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